sábado, 28 de octubre de 2017

"El primer muerto de todas las batallas". Poema ganador del XXXVIII Certamen Literario Manuel José Quintana

«Permitídmelo. Concedédmelo»
Qué es una lanza en mi pecho
Qué es un metal contra el blando pelo
Esquiva, cuánta sangre

Llantas como suelas
y párpados que secan
bajo desazón y ruido de latas

«Lleva sus crujidos en vuestras palmas»
«No perdáis aliento, ahí calla»
«Vuela bajo arrastrando y sangrando»
«Que alguien le cure las frentes»
«Que se alce y deje el suelo»

Reconoce las torceduras
conoce los talones
y sus finales más espantados
Sabe quién tose y quién tropieza
Sabe a quién le afecta que maneje
los ladrillos formando ejércitos
sin la utilidad propia
de los que duermen
y despiertan

Fue un cabello que salió bizco a través de
las piedras, entre la peste de estos jardines

«Remátalo»
«Agáchate», si fue el primero
El segundo calla ondulándose
el tercero muerde con el rizo atado al cuello
el cuarto pierde los dientes despejando y
arrancado los cabellos de los que
caminaron sin huellas ni direcciones
El quinto grita sin burbujas que emitir

«¿Qué habéis creado?»
Habéis sido todos vosotros
«Quiénes»

Los que contienen el hipo a toda
respiración profunda
Qué os importa que no os dejen dormir por
ronquidos que dan sed
Tenemos toda el agua del mundo
«Reguemos con el nivel del océano»

No podrán secarse jamás si las melenas
salen de la tierra aún bajo martillazos

Eduardo M. Bravo

miércoles, 12 de octubre de 2016

"Árbol". Relato ganador en el XXXVII certamen literario Manuel José Quintana

A las tantas de la noche aún seguía dibujando una lista de nombres con tan solo una pequeña lámpara alumbrándole la escritura. Empezaba una y otra vez, y siempre por el suyo. Miguel Blanco, con letras mayúsculas, y justo al final del folio, con la esperanza de escribir más nombres que le dieran sentido al suyo. Pero era difícil conseguir una constelación con tan solo una estrella. Sobre el folio caían uno tras otro los pelos de sus pestañas y cejas, que apartaba cada cierto tiempo con la mano para poder poner el lápiz sobre el papel, aunque no escribiera nada nuevo. Miró al reloj de la pared, miró a la papelera y luego quiso mirarse a él mismo. Se levantó de la silla, fue al baño y se contempló delante del espejo. Temía quedarse sin cejas por tanto mesarse la cara. No tenía facciones espectaculares, ni llamativas. Era como una gran hogaza de pan, y así lo comprobaba cuando pasaba sus dedos por la cara, buscando algún recoveco que le resultara familiar, memorizándose.
En la madrugada del veinticuatro de diciembre hacía un frío espectacular, pero aun así mantenía la ventana abierta. Lo único que le preocupaba era que las ráfagas tiraran al suelo el traje que había estado guardando todo el año para la noche de navidad, colgado en un perchero, perfectamente planchado. Se lo pondría en la cena, una cena que no sabía dónde sería ni quién estaría.
Ese año había sido decisivo. Más de una vez se había tirado a la calle, mirando a todos los que pasaban a su lado buscando sus facciones, cansado de esperar a que alguien le solucionara las pesadillas, machacándose los ojos entre la gente. Pero esa noche prefería quedarse en casa, al lado del teléfono, esperando ser llamado. Muchos meses de búsqueda, miles de anuncios con su foto por las calles, con su nombre y su apellido, pidiendo ser encontrado, buscando a los que venían antes que él... valdrían para algo. En realidad no pedía mucho, ni cariño. Solo una llamada, con un "Hola, Miguel. Somos tu familia. Vente a cenar con nosotros" se conformaba.
Cada vez que se bloqueaba y los rostros y los nombres robados se le nublaban miraba por la ventana que tenía justo delante del escritorio, y se quedaba atónito con uno de los árboles del parque. No sabía de qué tipo era, solo pudo comprobar que no perdía todas las hojas cuando llegaba el frío. Encima de sus gigantescas raíces nunca había hojas que fueran suyas, si acaso de árboles vecinos, que le arroparan, y tampoco eran capaz de tapar ni una mísera parte de su enorme estructura, ni un solo metro de raíces. A veces había pensado que en el final de los días se podría llevar el mundo completo, pero que siempre quedaría su gran tronco, aunque no tuviera tierra donde anclarse y dejara a la vista de todos sus inicios.
Él no tenía principio, y tampoco final.
Recordaba los domingos de su infancia. Miles de personas que iban a visitar a pequeños niños como él, cargados de regalos que entraban por la puerta metálica en dirección a la gran entrada. Alguna que otra vez aquellos señores y señoras le hacían una carantoña, le daban un beso o le traían un poco de chocolate, pero siempre era cariño sobrante. Si por casualidad una de esas mujeres se le quedaba mirando mucho tiempo ya suponía que podía ser su madre, y si además se le parecía de alguna recóndita manera para él ya era una señal. Desde pequeñito llevaba a mal traer a las cuidadoras. 
"¿Mi mamá vino a verme y no me dijo nada? ¿Se ha equivocado de niño?"
Ninguna se atrevía a decirle la verdad, y solo añadían que un día se marcharía de aquel lugar y tendría una familia. Años después de salir por su propio pie a través de esas puertas volvió, y apuntó todos los nombres que había olvidado y aquellos a los que les faltaba una terminación. Imaginó y creó una y otra vez familias que no le abrían las puertas ni para preguntar. Hubo semanas que decenas de folios eran testigos de madres y padres que no soportaban hasta la noche, hermanos que solo lo eran por minutos. Hasta tuvo que tirarse a la calle, a los barrios que recordaba haber caminado de pequeño, buscando personas mayores que miraran como él.
En una de sus vueltas del baño se había quedado traspuesto en la silla, con medio cuerpo apoyado en un reposabrazos. De la mala postura tenía la marca de su mano en la cara y se había babeado encima. Se despertó cuando el sol del mediodía entró por la ventana, y al ver el reloj se asustó. Comprobó las llamadas del teléfono, el contestador y los mensajes que pudieron haberle llegado. Echó un vistazo a su casa y vio que el traje estaba en el suelo. Corrió a recogerlo, sacó de nuevo la tabla de planchar y gastó dos horas en volver a arreglarlo. De vez en cuando se asustaba cada vez que creía oír el timbre o el sonido del teléfono, aunque no fuera el de su casa. Cuando terminó ya era media tarde. Se lo puso e intentó peinarse debidamente, incluso las cejas, igual de pobladas a pesar de lo que él pensara. Quería que la primera vez que viera a su familia no hubiera nada que le fallara. Se sentó, recto para que el traje no se le arrugara, y esperó al lado del teléfono.
Cuando fue oscureciendo en el reflejo de la ventana, y con la luz apagada, se miraba. Se había hecho la raya del pelo en un lado, e intentaba que ningún pelo se escapara de su sitio. Según pasaban las horas se empezó a hablar a sí mismo mientras paseaba.
"Si me llaman ahora llegaré para los entrantes... Si me llaman ahora llegaré al primer plato... Si me llaman ahora llegaré a la sobremesa..."
Cuando ya era medianoche le entró hambre. No tenía nada que comer. Se desabrochó la chaqueta, torció el gesto y se aguantó un pequeño suspiro mientras permitía que la camisa se le arrugara.

Se quedó mirando al árbol. Esta vez no le interesaron las raíces. Tanto tiempo observando aquel árbol y no se había dado cuenta de lo preciosas que eran las hojas, todas y cada una de ellas, y de cómo el viento de vez en cuando arrancaba una de ellas y las hacía volar. A veces en el marco de su ventana encontraba alguna que sin prestarle atención dejaba caer al suelo. En aquellas hojas encontró la respuesta. Dio la vuelta al folio y colocó su nombre al inicio. 

lunes, 28 de septiembre de 2015

"Horizonte manchado". Relato ganador en el XXXVI certamen literario Manuel José Quintana

Las tardes de lectura eran su ansiada meta a lo largo del día. A la hora de comer, casi sin pensárselo dos veces, solía dejar la cuchara antes de que el plato estuviera vacío y se encerraba en su habitación, entre libros, dejándose a la vista un único entretenimiento que no tenía nada que ver con el papel impreso: su ventana. Las grandes montañas que desde que era un enano había visto se mezclaban con el color variante del cielo y las nubes, y se transformaban en la invitación a coger un libro, en busca de otros lugares que le fueran ajenos. Cogía el que tuviera en el sofá y se ponía a leer después de suspirar al echar el último vistazo a la realidad, preparándose para embarcarse en alguna de las historias que se alejaba de la existencia.
             Uno de esos días encontró el horizonte más sucio de lo normal. Nunca había estado antes así. Enjuagó los cristales de sus gafas con la tela de su camisa para limpiar el polvo que cubría la lejanía, se frotó los ojos al ver que no era el cristal lo que emporcaba su realidad y volvió a recorrer el mismo camino varias veces, intentando reiniciar aquella tarde. Nada funcionó. Encontró manchadas las montañas, las cortinas y los cristales. Se ponía y se quitaba las gafas, pero seguía viendo la realidad enturbiada. Sus ojos habían decidido cambiar la percepción.
            En un último intento por olvidar su vista abrió el libro, pero no pudo empezar la lectura, aunque recordara exactamente la frase por la que había dejado el libro el día anterior. Miraba la hoja y la veía llena de letras de un idioma que no conocía. Cabreado e impotente tiró el libro contra la pared, transformando al golpe el blanco impoluto en porquería, en una molesta tela que bailaba aunque no hubiera viento que la meciera. El baile nacía y moría según parpadeaba. Se acercó a la pared para arrancar las imperfecciones, creyéndola culpable de su mala visión, pero tan rápido como se acercaba a la pared ésta desaparecía, y sus manos se llenaban de motas negras. Como si fueran hormigas lo que le recorrían las manos intentaba captarlas con la mano derecha si se trataba de la izquierda y con la izquierda si se trataba de la derecha. Pero los movimientos eran demasiado rápidos como para tener la destreza de agarrar nada.
            Cerró los ojos, dejándose caer al suelo, esperando volver a abrirlos y que las telas y las motas hubieran desaparecido. Contó los segundos que él creía necesarios para que aquello sucediera, y con una seguridad impropia para su edad supo que no habría modo de volver en el tiempo ni por escasos segundos, cuando no percibía ni las montañas ni los libros de una forma que le pudiera resultar familiar.
            A los tres días del inicio del baile de aquellas telas que se volvían cada día más opacas, cuando intentaba matar el tiempo caminando con los ojos cerrados por los pasillos de su casa, notó un contacto con su cara. No sólo las veía, también las sentía. Caminaba velozmente por los largos corredores de su casa, intentando que el viento echara contra su cuerpo las telas que le impedían ver para poder agarrarlas y destrozarlas. A veces sentía la textura sobre la nariz, otra vez sobre la mejilla, otra sobre los ojos y la frente... Así hasta que a la semana no pudo ver ni sus manos enfrente de su cara. No le llegaron a asustar del todo hasta que comenzó a sentirlas sobre su rostro. Al principio le molestaba un poco al andar, luego al tumbarse para dormir, hasta que finalmente la sintió como una mano posada en sus ojos. Pudo ser el picor lo que le delató que esas telas se estaban convirtiendo en su mortaja, los ropajes que le taparían al morir, o al menos lo que le acompañaría hasta la muerte. 
            Intentaba recordar a alguien que conociera, ya fuera de los libros o de la realidad, alguien que hubiera llevado su propia mortaja en vida, sin conseguir ningún resultado.
            Con los años negó la entrada a cualquiera que quisiera entrar en su habitación, cerrándola, permitiendo que se llenara de polvo y que los libros que tanto amó se volvieran del mismo color que la piel que se iba agrietando amargamente. Se encerraba en siestas largas que no se diferenciaban de la noche, rodeado de esos libros que ya no podía leer, bajo la oscuridad de la mortaja que no le daba desde hacía más de cincuenta años ni un rayo de luz, en una tumba macabra, como un hambriento atado lejos de la comida. Negó a sus dedos la habilidad de leer, sumiéndose en una oscuridad total, releyendo de memoria lo que sus antiguos ojos le permitieron leer, comiendo, durmiendo y recordando.
            Cada día se hacían más pesadas. En el encierro le había nacido una joroba por no poder soportar la magnitud de lo que le cubría la vida. No supo jamás si el respirar se le hacía penoso por los años o por su castigo, por su ceguera y por su vivir cubierto por lo que le impedía ver, aunque tuvo la convicción de que su vida había sido un penar.
            Le aburría estar rodeado de gente. Dejaba que le pusieran la comida en la mesa, los cubiertos en las manos y la servilleta en el cuello de la camisa. Cuando tosía, cuando la cuchara se le caía a dos palmos de su boca o cuando el tenedor chocaba dejando caer el trozo de filete no dejaba que nadie le ayudara. Tanteaba en soledad el suelo hasta que encontraba lo que había derramado y se lo volvía a meter en la boca.
            Por última vez en su vida, cansado, y después de muchos años sin hacerlo, dejó los platos con comida, desistiendo de intentarlo una vez más. Se levantó de la mesa y se dirigió hacia su antiguo cuarto rengueando, intentando no tropezar con las telas cuando se le revolvían entre los pies. Como no había libro en el sofá intentó adivinar las estanterías, y por la yema de los dedos averiguó el libro que años atrás había dejado a medio leer. Arrancó la primera página y se alimentó. Según iba comiendo sintió cómo su mortaja se iba despegando de su piel. Después de cinco tomos de libros había perdido su propia mortaja, dejándole libre para marchar.
             

            

domingo, 25 de enero de 2015

Escrito en el momento de inspiración 49: "Palabra palabre"

"...Y sin ver silencios que sepan hablar los errores que su hermana inferior, la palabra se vuelve torpe, estúpida y coja. Sangre en letras que saben a rodar en círculos que dibujan ojos de un color que no se distingue del oscuro. Me pregunto si saber cómo se pronuncia, se grita o se tose, sirve cuando no quieres decir nada que tenga un símbolo. Dedícate a la palabra cuando cae en sillas sin respaldo. Deja de hablar, y entonces encontraré las palabras justas, sin lápiz, ni papel... Lo llamo palabra, lo llamo palabre, lo repito, lo digo, lo uso, me follo la palabra y la dejo herida. Repite, repite y repite, y cuando se quede sin un primo lejano al que su voz llame, entonces encontraremos la respuesta. Palabra palabre palabra palabre. Y vuelves a repetir si la voz habla, si el silencio es sabio, si tienes que no oír antes de mirar..." 

martes, 16 de diciembre de 2014

Escrito en el momento de inspiración 48: "Faltan pasos".

"... Antes, antes del reloj, antes del Prefiero atajar, antes de coloca, sirve y muele, antes de lo que conocías y después de los que no quisieras saber... Se fue la cancioncilla que narraba, gritaba y hasta pegaba a los oídos malheridos. Vuelve atrás, búscala, agárrala por un brazo, y dile que aquí tiene alguien que canta con la voz que los sordos oyen. 
Siéntate y para, porque se acabaron las calles amables. Ahora, solo queda volver en Quizás y a recorrer lo que ya hiciste, porque se acabó el hacer nada. Escribe, pero no vivas..."

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Escrito en el momento de inspiración 47: "Tú, yo, cualquiera".

"...Mi cara
Tu cara,
cualquier cara. 
Cualquier cara que sienta,
cualquier cara que mire.
Busco y encuentro la mirada,
la tuya, la mía,
la de cualquiera..." 

lunes, 7 de julio de 2014

Escrito en el momento de inspiración 45: "Barra de Bar"

"... Era de esos que se sientan solos a comer, de aquellos que prefieren sentarse en la barra. Prefería no tener a nadie a quien mirar a su misma altura, sin ojos con los que encontrarse. Si alguien le miraba ponía su mar de nubes delante de los ojos y partía de la nada al todo. El problema llegaba cuando dejaba la mirada quieta, perdida y las nubes se disipaban. Con su vista aguda veía el mar de agua que había sido su cama, donde nunca había naufragado solo, donde se atrevía a lanzarse todas las noches sin miedo a despertarse y ver los reflejos acuáticos. Siempre que había nadado acompañado los resortes de su espalda iban junto a otra espalda, sin necesidad de los brazos para mantenerse a flote. Se sumergían, para luego volver a quemarse bajo el sol. Pero ahora se ahogaba, y no quería ni meter los pies en su cama, ni que le salpicaran las fuertes olas que lo acompañan en sueños. ¿Cómo atreverse a adentrarse en los grandes mares cuando ya no puedes dominarlos? Prefiere sentarse solo, a comer, sin ser consciente de cómo los camareros tuercen la sonrisa con dificultad, deseando que las olas para ellos sean agradables, queriendo que los destinos no se insuflen por el aire.

        -¿El mismo sitio de siempre, Señor?
        -Sí..."